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Sábado 13 de Abril de 2024

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ANAQUEL

24 de febrero de 2024

DE QUÉ ESTOY HECHO

A tono con la época, y siguiendo el marcado giro autobiográfico que tomó la literatura argentina en los últimos años, Sebastián Fontenla Gil dibuja su propio retrato, y al hacerlo, retrata una época, una sociedad, una generación, un barrio. Un relato de aprendizaje, o de cómo se va construyendo una subjetividad, en el sur del conurbano bonaerense, en la década de los 90.

DE QUÉ ESTOY HECHO

Hijo del desarraigo más desgarrador. Niñez de gaitas tristes, dueñas de una melancolía que no me pertenecía.   

Mitad producto de la calle, mitad televisión. Tardes de café con leche y dibujitos de Hanna Barbera, bicicleta veloz a lo Poncharello, veranos en el club 12 de octubre, y poster de Burruchaga, campeón del mundo, en la cabecera de la cama.

Estoy hecho de olor a cebada cocida por las tardes. Soy hijo de un Quilmes barrial, épocas en que los obreros salían y entraban a la cervecería en bicicletas de media carrera, con los pantalones cerrados por broches sobre la botamanga.

Fui el rebelde de la familia que al final se quedó en casa para cuidar a los viejos y hacerme cargo de su mundo en extinción.

Educación formal a manos de curas, militares y más curas. Traumas heredados y obligados.

Marcas indelebles, grabadas a fuego, por los gritos de Johnny Rotten, los susurros de Patty Smith y los raros peinados nuevos de Soda Stereo aniquilando corazones en Chile.

De timidez desmesurada, enamorado de lo imposible, sufridor serial.

Soy el skater, soy el punk, soy los fanzines de Parque Centenario, soy el piso transpirado de Cemento.

Soy los sueños de una California soleada, un ideal de verano interminable con cuerpos deslizando sobre olas estampados en remeras de Sun Surf.

Manchester, Seattle y el Correo Central. Gasltonbury, Dublin y las radios clandestinas de Berazategui. El saber curado por la Rock & Pop, el mundo sobre explicado y enlatado de la MTV Latina. 

Miembro prototípico de la generación X, foto de Iggy Pop sobre el escritorio. Rebobinador serial del happy end. Ver infinidad de veces a Ethan Hawke y Winona Ryder besándose, sentado sobre un sillón de cuerina marrón ganado en una rifa de los bomberos voluntarios de Wilde, preguntándote cómo se sentiría ser cool, alguna vez.   

Soy las chicas inalcanzables de Sobremonte, el buzo verde de Los Fabulosos Cadillacs, Playa Grande y patinar por Peralta Ramos desde el Casino hasta el Puerto, solo, por la noche, con las estrellas reflejadas, abajo, en el mar y los gays clandestinos, ocultos y expectantes, viéndote pasar, salpicados por el batir de las olas contra el malecón.

Soy la chica de la panadería esperándome en la esquina del Tiki Bar, preciosa como nunca. Salir a caminar de la mano para perdernos en nuestra única y finita noche. Arrogante, disfrutando de los tipos que me miraban con envidia y el placer de sentir como mi ego de macho medio leonino se regocijaba coronando años revancha. A la mañana siguiente, volver solo por el Torreón, pisando restos de carnada desechada sabiendo que, como anunció John Lennon, el sueño había terminado.

Soy, de los tres, el que buscó más allá. Reportero de una cultura perecedera, hermano underground de un ingeniero y una abogada.  

De corazón roto.

Remendado por cada una de los miles de millones de puntadas perforadas por la overlock.  

Acariciado y abofeteado por las mismas manos. Agradecido a aquel amor, o lo que fuera que tuvimos, en esos viajes a Mar Chiquita, subidos al Falcon, escuchándolo a José Luis Perales o a Julio Iglesias.

Tchaicovsky y Pedrito Rico. Napoleón invadiendo Rusia e Isabel Pantoja añorando a su marinero de Luces… inevitable derivación terapeuta.

Soy amigo. Soy todos los que se fueron mucho antes del tiempo reglamentario.

Mi letanía, un par de piernas cortas llevándome de la nariz hasta donde quiso.

Mi redención, Vivi, sentada en la Caddy una noche de Santa Teresita reclamándome si iba a tardar mucho tiempo en darle un beso, incrédula ante la insufrible y eterna indecisión, que hoy sigue surfeando.

Soy nuestros amores creciendo, e iluminando todo, para siempre juntos los cuatro, dogma sagrado y cotidiano repetido cada noche antes de la cena.

Ir por las tardes a esperarlas en la escuela, luego el hockey y la tarea, bañarlas, contarles un cuento y el culposo deseo que se duerman de una vez.

Soy adicto a sus mentiras. Qué tomen mi cara con sus manitos y me digan, “sos el papá más lindo del mundo”, y después recibir un beso.  

Soy cada noche, antes de dormir y mis pensamientos que me dicen, “el más lindo no creo que sea, pero el más feliz, de eso estoy seguro”.  

                                                                                                           

SEBASTIÁN FONTENLA GIL

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